El ruido, el trasiego y la jarana estaban en los dos primeros pabellones, tal vez porque los más pequeños, y los ya no tanto, eran como torbellinos, correteones y folloneros que hacían extensivas sus carreras y juegos por aquellos largos pasillos de las tres plantas que tenían como antesala las zonas comunes que la formaban los lavabos, las duchas y los servicios.
Pasillos flanqueados por habitaciones sin puertas a las que llamábamos “camarillas” que un pequeño pasillo central las dividía en cuatro aposentos separados por un tabique abierto, porque no llegaban al techo con el objetivo de dejar pasar la luz a los dos del interior y separados su frontales por cuatro cortinas anilladas que hacían de puertas correderas.
Un armario con una balda en donde se dejaban las maletas que se soportaba sobre el tabique, la cama con su cabecero de madera con dos pequeñas baldas a modo de mesita de noche y un crucifijo, era todo mobiliario de aquellas camarillas que dejaba oír aquellas anillas de las cortinas cuando se deslizaban por aquellas barras metálicas que algunas veces se caían haciendo un ruido enorme.
Solo habían dos ventanas con cortinas de saco por habitación que disfrutaban sus vistas los más afortunados, unas daban al patio del interior de los pabellones de estudio, otras entre pabellones uno y dos, y otras a las pistas de tenis y baloncesto y frente al tercer pabellón que parecía sobre palafitos en forma de gruesas columnas de hormigón sobre secano, cuyos bajos se convertían en zona de juegos en esos días lluviosos o de mucha calor.
Aquellos espacios centrales mostraban el verde de las uñas de león que como un manto tupido rastreaba todo el espacio abierto, se coloreaba con el color fucsia y amarillo de sus flores que abrían en primavera y se afianzaban al suelo como especie exótica invasora formando densos tapetes no pisables que parecía que se comían hasta el calcetín que se cayera desde cualquier ventana, desaparecía.
Noches en las que se rompía el silencio tras las luces apagadas, cortes de flequillos y coronillas, guerra de panes que volaban sobre las cortinas chocando con el techo y que llegaban como balas al “enemigo” de enfrente, pasta dentrífica en las caras de los dormilones, carreras, petacas……...Seguramente muchas historias y anécdotas arrinconadas en nuestros recuerdos.
Era al llegar a cursos superiores cuando el aposento de las habitaciones individuales del pabellón de columnas se convertían en una realidad. Era una mezcla de nostalgias por noches turbulentas pasadas y la tranquilidad, la formalidad, la independencia de tener en “propiedad” una habitación privada que disponía de ventana con vistas por un lado a los otros pabellones, al muro de piedra de la iglesia y parte ajardinada hasta zona de estudios, por otro lado vistas a las pistas de baloncesto, piscina, huerto hasta perderse la mirada allá lo lejos.
El habitáculo privado además de lo anterior detallado para las camarillas, tenía un pequeño lavabo con espejo, un armario, una mesa de estudio con un par de baldas integradas para los libros, flexo, silla, papelera. Disponía igualmente de la zona común formada por los lavabos, las duchas y los servicios.
A las siete y media de la mañana sonaba el timbre en todos los pabellones anunciando el inicio de la actividad para un nuevo día, era el rompedor de sueños para unos, el largo despertador que originaba suspiros para otros.
La vida y la lucha avanzan sin parar como olas y mareas, sin descanso, compartiendo de la mano con el tiempo, llegando a hoy.