Recuerdos: "El día del chorreo"



No se me puede olvidar ese día, era el 3 de Mayo de 1961 cuando Francisco Franco tras varios encuentros previos con el Cardenal Bueno Monreal, en buena armonía y empatía con el proyecto del seminario, se presentaba en Pilas para llevar a cabo la inauguración oficial.

Tras el Te Deum, cántico religioso de acción de gracias, se iniciaba el solemne acto. Franco llegaba al patio principal sintiéndose el protagonista principal en donde le recibiría el cardenal y amplia representación eclesiástica con una escogida y eufórica multitud.

Franco bajo palio entró a la iglesia en donde en un lugar escogido para la ceremonia, delante de la alta cristalera lateral junto al altar, presenció la ceremonia acompañado de su esposa, con el intercambio de discursos consiguientes.

El Cardenal elogió a Franco y su obra de gobierno: “Que nadie se sorprenda que la Iglesia bendiga a ese hijo que, elevado a la suprema jerarquía, trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria”.

Franco diría aquello de: “Una cosa es que la Iglesia esté por encina de la política y otra muy distinta que se desinterese de la política”….. “Quería hacer solo estas consideraciones para refrendar las palabras del cardenal y deciros que de la unión de la Iglesia y del Estado, de la colaboración en sus respectivas funciones, solamente bienes pueden depararse para la sociedad, para la Iglesia y para el mundo”…. ”Queda inaugurado en el día de hoy el Seminario Menor de Pilas".

Pero dejemos el cruce de discursos, no más desvaríos, vamos a lo que vamos, al día del chorreo.

Le puso el cardenal tanto cariño y empeño al proyecto de Pilas que desde que empezó la construcción el 16 de Julio de 1957 suspiraba profundamente esperando su inauguración, visitaba periódicamente el avance de las obras, que compartía con ella en 1959 el primer curso que entraba en Pilas a los que se reincorporarían posteriormente otros cursos que provenían de San Juan de Aznalfarache y Sanlúcar.

Pues eso que cuando llegó el día, el 3 de Mayo de aquél año de 1961, le poseía un manojo de nervios, y como si quisiera acabar pronto la ceremonia, perdió los papeles con el hisopo al que hundía una y otra vez en el acetre, chorreando y purificando a todos los que estábamos por allí, cayendo más aguas que aquellas alcachofas metálicas de las duchas, con sus agujeros blanquecinos de tanta cal.

Don Ignacio Noguer me miraba de reojo, pensaría que me estaba poniendo chorreando en esa acción convulsiva del cardenal, las letras de las hojas del libro de oraciones empezaban a despintarse, pero nada yo allí impasible, como si no fuera conmigo, como si no estuviera allí en ese momento y lugar, intentando no descomponer la figura ni salir pitando en busca de un paraguas, aquello era chubasco sin nubarrones.

No importó nada de aquello, lo relevante fue la inauguración, era el comienzo de años de gloria, de reconocimientos y del paso de mucha chavalería con inquietudes religiosas ávidos de recibir una formación. Una formación que era como un calco para los distintos cursos, con un sello especial.

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