DE VISITA

Dicen esas personas dedicadas a las normas de urbanidad que una visita es la acción, normalmente por cortesía ir a casa de un familiar, amigo o conocido por atención, conversación, amistad o consuelo.

A la hora de realizar una visita, se deben observar unas mínimas normas de protocolo. La visita debe anunciarse con la debida antelación y nunca presentarse de improviso. Se aconseja que el anfitrión obsequie a los visitantes con una bebida o pequeño picoteo aunque no es necesario invitarles a comer. Sin embargo, no es necesario que éstos lleven un regalo por este motivo.

Siguen diciendo que, las visitas no deben durar demasiado tiempo debiendo evitarse horarios comprometidos como el momento del almuerzo, a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde. Por último, hay que ser extremadamente prudente al hacerse acompañar por niños o mascotas, siendo preferible no llevarlos en caso de duda sobre la preferencia de los anfitriones.

Para rematar puntualizan algunas ocasiones propicias para realizar una visita como puede ser para acompañar a un convaleciente en su casa, por el nacimiento de un niño ( En este caso sí es recomendable llevar un regalo para el recién nacido) para dar el pésame y acompañar a una familia en caso de fallecimiento de uno de sus miembros.

D. Miguel Rastrojo y Simón Candón "de Paula López Castilla"

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La verdad es que todo queda muy bonito, pero más que una visita eso parece una audiencia. Las visitas buenas son las inesperadas, esas que uno se cuela cuando le da la gana y ni el que la recibe, ni el que la hace se encuentra violentado.

Una visita tiene que ser imprevista, como la del ditero, a cualquier hora, tocar al timbre y con un "muy buenas, aquí estoy, échame un café" pasar un rato agradable conversando de lo que surge, conversación de ayer y de hoy, de lo que pasó hace cincuenta años, de la jubilación, de la ayuda y de lo que se tercie sin importar si cae un goterón en el mantel o si en vez de pasteles te ponen por delante una rebaná de pan tostáo con manteca colorá o con "paté de fuá" que no es delicatessen pero que se puede uno huntar medio dedo, porque el precio está tiráo. Se pone lo que hay, y ese hay es mucho porque lo es todo.

Una visita que se precie, puede durar lo que se tercie, sobre todo cuando ha transmitido alegría y se hace corta cuando se dice "bueno que me voy", y que cuando se va deja un hueco, un recuerdo y unas ganas de que se repita. Sobre todo cuando se queda para otro día con el compromiso de compartir una comida y así estar más tiempo, acompañado y charlando.

Simón pasó por allí este mediodía, y lo buscó, lo encontró, compartió momentos, llevó alegría y recuerdos. Se fue con el compromiso de que volvería, y no fue la visita del médico ni esas concertadas, sino la imprevista de alguien que comparte un recuerdo y que si es preciso conversa y matiza cada una de las hojas de "Luz para el camino".

No hay más que mirar la cara de D. Miguel Rastrojo para ver el resultado.


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© "Los niños de Juan Manuel" - Junio 2009"