Siempre se ha dicho que el coche y la mujer no se presta, dicen también que eso es frase de machista, pero yo particularmente dudo que un machista la hubiese pronunciado, porque dudo que considerase siquiera la posibilidad de prestar o no a su mujer.

El coche de marras, ese coche que cuenta D. Juan Leiva como vino al mundo, al del seminario de Pilas, no era un coche de los que se presta, era un coche con los “defectos” propios de la edad, con achaques en la circulación, con manchitas en la chapa propia de la falta de “pigmentación”, con los bajos caídos, y con las manetas con esclerosis múltiple que las dejaron entumecidas, pero no, no era un coche que se presta.

Aquél coche orgullo de sus dueños, de sus dueños sí, sin ser matrimonio y por derechos en gananciales, era un coche especial, por serlo hasta tenía dos dueños, dos dueños que cuadrante en mano disponían hoy tú mañana yo, y que lo mimaban para que no se “resfriara” o cogiera una “pulmonía” en los adentro que lo llevara directamente al desguace, porque el pobrecito por mucho que lo miraran con buenos ojos estaba para un mírame y no me toques.

Era un coche para cuatro que necesitaba como mínimo por viaje dos, uno para conducirlo, y el otro para abrirle la puerta por fuera al que conducía, era un coche de verano con aire a ras de suelo para refrigerar los pies pero que en invierno necesitaba ser conducido con botas de agua por aquello de los charcos, y si por un descuido en vez de un acelerón pisaba suelo.

A pesar de todo no dejaba de ser un coche especial, un coche muy querido al que se le tapaba los defectos, el motor sonaba que ni a Ferrari, la llave de contacto no giraba un cuarto, necesita entera y mitad para dar los primeros balbuceos, eso sí, si arrancaba había que recogerlo allá debajo de un limonero porque salía disparado, más hubiera querido el Fernando Alonso ese haberlo utilizado en una salida cualquiera hasta sin Kers, porque el coche aunque viejo se venía arriba cuando lo mimaban, y los dueños, Pepe y Juan, Juan y Pepe, lo mimaban hasta con las miradas.

El Gordini, como recuerda Díaz Alcántara, estaba sin compromiso, agarraba en las curvas con gran celeridad y dinamismo, seguro y jovial, sin responsabilidad alguna porque era tal vez de los pocos casos en que si derrapara, si se fuera a la cuneta o al canal de regadío más cercano, cosa muy usual en aquellos tiempos, sería de los pocos casos digo, que llorara un viuda, tal vez alguna santurrona que iba a comulgar cada día para tener lo más cerca posible al joven cura párroco, cara a cara.

Y si el ojo del amo engorda al caballo, aquel coche iba a reventar de tanto cariño, tanto que ya ni cerraba las puertas, el coche pedía auxilio cuando venía de Pilas y tenía que subir aquella cuesta que le resultaba cada vez más empinada, y aquel coche, con parones inesperados, con amagues de “descuajaringarse” llegó a su final.

No pasó por expositor alguno, ni siquiera por taller que le adecentara, fue directamente al cementerio a esperar su agonía, a suspirar tranquilo con la tranquilidad del deber cumplido, de haber llevado a dos curas por esos caminos de la verdad, aunque llenos de piedras a morir en la tranquilidad de haberse sentido útil y querido, y sobre todo de saber que con su muerte dio valor para que Juan Manuel comprara “su pava”, esa grande orgullosa que abría la cola y las alas para albergar a la familia numerosa que llegaría más tarde.

Nunca compré un coche con tanta ilusión como a ti ¡oh Gordini ¡ dirían, nunca te olvidaré en el tiempo ni en la velocidad de la vida, decían.

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© "Los niños de Juan Manuel" - Junio 2009"