Sentado en el escalón más alto, a modo de trono, sentía en la cara los rayos de sol de la mañana. Por encima de los campos de baloncesto y futbito miraba el contorno de campiña que nos rodeaba, los eucaliptos que delimitaban el huerto, la muralla frontera de mi reino. Un reino sin vasallos ni parafernalia, sin pétalos de rosas, sin caballo blanco ni armadura y escudo.

Soledad soñadora, que nacía tras cerrar los ojos y volaba sin titubear sin saber hacia dónde ni en busca de quién, surcando como si de un dulce sueño, a la vez que lleno de anhelo, por el azul cielo de Pilas buscando en dónde hacer el bien, a construir imperios de esperanzas, a levantar al oprimido a una revolución social a veces, a buscar una caricia y un beso, un acurrucar de la persona que quieres y que no esta ahí contigo.

Sentado en el escalón más alto y con el muro mas grande y firme a modo de respaldo me sentía poderoso, un niño sin nada, en un trono de piedra que cuando llegaba la chiquillería soportaba pelotazos de tenis y balonazos a modo de frontón gigante, un muro que separaba vida y ruido del silencio, recogimiento y espiritualidad, un muro que sin ser trono de nadie era espaldar y cabecera, era juegos y rezos.

Soledad soñadora, que te entristecía el alma y ahogaba los sentimientos y que cuando casi te dominaba se esfumaba porque despertabas con el ruido de las campanas de aquella enorme torre, lanza de la iglesia, que en lo más alto y debajo del pararrayo del desencanto, mostraba como flores voladoras campanillas con todos los sones que con una música celestial, a veces machacona, marcaba los cuartos, las medias y las horas, y así hasta que sonaba aquella sirena que sin mediar palabra te llevaba al estudio o te llamaba a rancho.

Aquello te hacía recuperar la conciencia, la realidad, tu alrededor se llenaba de compañeros y amigos, que te arrastraban por inercia al pabellón, a lavarte las manos, a caminar por aquellos pasillos de columnas que te ponían bajo palio y que eran arterias que unían desde la portería y rectoría pasando por la capilla, hasta los pabellones de estudio y las camarillas sin recibir un rayo de sol de a mediodía, una gota de agua de lluvia en invierno, y que sin que se te cayera en la cabeza uno de aquellos limones que don Manuel Lora tenía ya vendido antes incluso de que saliera la flor.

Hoy ya no esta uno sentado en el escalón más alto de un trono de piedra, ni pretendiendo ganar al mundo, hoy solo se busca ese sillón que aunque le falte un muelle es tu preferido, en el que pegas una cabezada traicionera que te ejercita el esternocleomastoideo, en que sueñas con los ojos abiertos viendo pasar la vida, lo que fue y lo que podría haber sido, el sillón en el que te aferras porque es tuyo, patrimonio del esfuerzo y de los sacrificios por llegar a buen puerto, en el que has soportado los vaivenes de tu vida, en el que ves como te rodean los tuyos, esos que te quieren y que con los ojos cerrados o abiertos te miman y alejan la soledad, no hay vallados ni eucaliptos que delimiten el reino, solo un frigorífico con mucha agua fresquita y espacio para que corran los ratones, y eso sí un timbre que suena a rayos que llama porque no quita el dedo el tío que viene a cobrar el Ibi.

¡ Niña dale voz a la tele que de aquí no me muevo ¡.....cierro los ojos, me pongo los tapones de cera y me voy volando a Pilas, allí me lo daban todo hecho, y yo sin darme entonces cuenta de que era feliz

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© "Los niños de Juan Manuel" - Junio 2009"