Ya no somos los de antes, y tras el paso del tiempo los caminos que cada uno ha escogido, que el destino le ha deparado, o que se ha hecho con esfuerzo, nos ha llevado a sitios dispares, desiguales, lejanos. Los conceptos, las necesidades, los objetivos ya son también diferentes, y la felicidad, los logros, son distintos porque la objetividad es también distinta

Ya no somos los de antes, es obvio que no, ya no somos los “pimpollos” inquietos llenos de energía que soñábamos despierto a la conquista del mundo, los que el futuro lo teníamos en nuestras manos y que disfrutábamos de un presente excepcional con todas nuestras necesidades a nivel de formación, humanidad, alimenticias cubiertas, y viviendo un momento para privilegiados.

Ya no somos lo de antes, está claro que no, ya nos sobra barriga y nos falta pelo, nos falta sueños y nos sobra experiencia, hemos cambiado entusiasmo por la realidad, analizamos más que proyectamos, y si nos dieran una oportunidad para volver a atrás, seguro que algo cambiaríamos.

Yo seguro que no me hubiera ido en cuarto, habría escuchado a esos que me decían no seas tonto, qué importa si hay algo que te ha decepcionado y por ser consecuente contigo mismo tienes que irte, y ser sincero, aprovecha la beca y sigue hasta el seminario mayor para luego convalidar y entrar en la universidad. Tal vez hoy podría haber sido abogado, habría conseguido mi sueño.

Nunca olvidaré mi última visita al Marqués del Arco Hermoso, el que me pagaba la beca, cuando le puse por delante las notas y le expliqué que no estaba convencido de querer ser cura, que quería ser abogado para defender a los pobres. Su respuestas fue clara y concisa “no Manolito, yo te pago hasta Papa si es necesario, pero abogado y médico estudian mis hijos”. Aquello apostilló más mi concepto de que iglesia y dinero iban de la mano, y creo que me hizo más contestatario y que condicionó mi adiós.

Ya no somos lo de antes, cada uno tenemos nuestro recorrido y estaremos más o menos satisfecho con lo conseguido, pero lo que es obvio es que todos hemos tenido un trozo de nuestro pasado en común, cada paso ha sido en conjunto, las enseñanzas la misma, hemos compartido el espacio, hemos sido partícipe de los logros de cada uno, hemos vivido momentos entrañables, y si es verdad que la vida sigue, también es verdad que nadie debe de renegar de su pasado, que nadie debe de perder sus raíces, no atarte a ellas pero si poder recordarlas, siquiera, mínimamente, con claridad y con cariño.

Y tanto es así que hemos percibido una agradable sensación, una gran alegría cuando una simple voz, desconocida, hemos oído a través del teléfono, y nos ha situado cuarenta años atrás en un colegio interno, detrás de un balón o delante de alguien que te perseguía porque eras malo con “cajones”. No hemos necesitado presentación ni preámbulos, ha sido como si nos conociéramos de toda la vida, como si nos hubieramos visto ayer, y la verdad es que con esa voz veíamos una cara de entonces, una cara que hoy no vemos en las ../../fotos, pero que intuimos, que adivinamos, que desconocemos.

A unos tenemos más presentes, por afinidad, destino y coincidencia, de otros recuerdos lejanos y de los menos, un leve recuerdo. Con algunos hemos congeniado más a pesar de ser distintos, y aún en el distanciamiento tenerlos en un rincón de nuestra complicada mente “congelado”, y mantenido la amistad con esos pocos en el día a día de nuestras obligaciones y responsabilidades. Yo no compartí esos momentos finales de casi la mayoría, pero me llevé conmigo un poquito, que aún conservo, de cada uno de vosotros.

Recientemente me han hecho recordar esos domingos que con la bolsa de “suministros” a cuestas nos perdíamos por esos campos cercanos y charlábamos con sus personas mayores a las que de alguna manera le “echábamos una mano”, le dábamos conversación, y aunque íbamos solo dos, sin corbatas, éramos mejores que los mormones, porque no íbamos a enseñar ni a cambiar el mundo, solo a compartir, a oír sus historias y sus enseñanzas e incluso entre nosotros, hablábamos poco, tal vez íbamos transpuestos por la luz de la inocencia, y entre nosotros nos comunicábamos con la similitud de pensamiento y de hechos.

Ya no somos los de antes, a fe cierta, ni ese tiempo pasado existe, son dos mundos separados en el tiempo, uno que se observa con cariño, con entusiasmo, con nostalgia, pero indudablemente en la distancia, el otro, el actual, distante, con cariño y respeto, porque casi no nos conocemos, porque ya, no somos los de antes.



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© "Los niños de Juan Manuel" - Junio 2009"